4 de agosto de 2010

Gentilezas y derechos

Así como muchas costumbres devinieron en reglamentaciones, suponiendo un progreso social en la justicia, también han malparido des-fundamentaciones de ciertos gestos y el ascenso de despotismos de bijouterie. Y toda esta palabrería por otra vieja de mierda.

Cuidado: “vieja de mierda” encierra una serie de connotaciones que trascienden a la procacidad de la expresión. Tampoco se trata de una afrenta en contra de ciertas franja etarias, sino más bien del caracter no transitivo que tienen expresiones como que "la vejez engendra sabiduría". Se puede ser una vieja de mierda a los cincuenta o a los noventa y cinco; se trata más bien de una plantar la bandera del resentimiento, pero sobre el pie aquel que se supone que no opondrá resistencia.

La anécdota

Miércoles 8:15 am., parada de la línea cincuenta y cinco Un par de osos polares esperando el corte del semáforo para cruzar la avenida. Cinco minutos después, se avista Vieja de mierda. Media hora y cuatro colectivos que pasaron de largo después, uno  -tan abarrotado como los otros- se detiene, de malísima gana, a la altura de la mitad de la muy extensa fila que el joven martir encabezaba.

Jaque a la moral: pese a la tentación, los demás circunstantes alineados aguardan a que el joven ascienda.

Radiografías mentales del momento

Joven martir: “Aproximadamente sesenta años , sin bastón ni dificultad al andar, mucho spray en la cabeza, maldito dolor de espalda,estoy llegando tarde al trabajo, colectivo de mierda, vieja de mierda, espalda de mierda,factor común: (colectivo, vieja y espalda) de mierda… por lo general, dejar pasar y tragar desprecio e indignación… pero hoy se hace justicia”.

Vieja de mierda: “A poner cara de dolor que quiero sentarme y terminarme la Pronto, ojalá que se pare ese negro de la villa porque ni loca me le siento al lado, la verdad que no se porque no hacen un colectivo sin asientos así los llevan a todos y la gente como uno viaja más tranquila…”.

Primer round

-Te comento que hay una fila- dijo súbitamente el joven martir, ante la Vieja de mierda que furtivamente había roto, literalmente, la fila de la que se negó a ser parte mientras intentaba ascender en primer lugar.


El joven martir subió, viendo restringida su movilidad a la de un jugador dentro de un metegol. Creía pensar en forma elevada, masticando sentencias como "éste es otro caso donde se da por sentada una gentileza, disfrazándola de derecho adquirido para utilizarla como trampolín y cagarse en todo el mundo". Escuchaba “Star dust” y  rápidamente se olvidaba de la Vieja de mierda, pensando que bastaba con escuchar a esa canción en cualquier día ceniciento de Buenos Aires para sentirse dentro de una película de Woody Allen.

Segundo round

-Hay que correrse- dijo la Vieja de mierda al notar que sus empujones no habían pasado desapercibidos por el joven martir.

-¿Adónde querés que me corra?

-No sé. Pedí permiso.

-¿Por qué no pedís permiso vos?

-No, no.

-Ah bien, discúlpame; no me había percatado de tu senilidad.


Ya había pasado “Star dust”. Nadie le dio el asiento a la dulce viejecita de mierda. Algunos se rieron, otros se indignaron; al cabo de un minuto, todos volvieron a sus viajes dentro del viaje. El bloque deshumanizante avanzaba. El joven miró su reloj: faltan diez minutos de viaje, “llego a tiempo”, pensó, disfrutó y “Sugar foot stomp”.


Último round


-Te voy a pedir que no te recuestes sobre mí- dijo la Vieja de mierda, que resultaba estar detras del joven martir, ocupando con su postura desdeñosa prácticamente todo el pasillo.

-¿Cómo?- preguntó él, quitándose sólo auricular, pletórico de desprecio.

-Que dejes de recostarte encima mío- aclaró la Vieja de mierda.

-Será más bien al revés. Si doy un paso más, me doy contra la ventanilla.

-Te estás rescostando encima mío y te pido que no lo hagas más.

-Es cierto, lo admito: me estoy refregando contra tu cuerpo sensual, pero tenés que entenderme: me excitás y no puedo evitarlo- insistió nuestro joven y cínico martir.

-Pero no seas mal educado- dijo la Vieja de mierda, ganando color escarlata en sus pómulos regordetes.


-Mirá, yo entiendo que después de la menopausia las cosas se complicaron, pero yo no tengo la culpa. Ahora te vas a callar y esto se terminó acá- dijo él, finalmente, acompañándose del gesto de enfermera solicitando silencio.

-A mí no me vas a hacer callar- exclamó la Vieja de mierda, fuera de sí.

-¿Cómo que no? Fijate: shh.


Y etcétera. Luego alguien le dio el asiento y ella terminó peleándose con éste también. El joven descendió (aún más) y llegó a tiempo para enterarse de que la puerta de entrada de la oficina estaba trabada y que la cerrajería más cercana abriría en una hora.

Sigo pensando en que no puedo encontrar "el bueno" en esta historia y "What a wonderful world".

13 de abril de 2010

¡Ascensor!

“Es como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no sientes nada raro… y tú estás terminando la frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las últimas hay cincuenta y dos pisos… Yo me di cuenta cuando empecé a tocar que entraba en un ascensor, pero era un ascensor de tiempo”.

                                                           Fragmento de El Perseguidor, de Julio Cortázar.

Sí, justo así, como el maestro Cortázar le hacía decir al saxofonista Jhonny Carter (su versión libre de Charlie Parker). Sin embargo, no es sobre las perspectivas fenomenológicas del tiempo de lo que me es imprescindible hablar aquí, sino del mismísimo ascensor, y más precisamente, de las infames charlas de ascensor.

Pocas invenciones son más sospechosas de evidenciar la mano de mandinga, que la caja de petri, forrada de espejos narcisos y avisos de desinfección que tantos padecemos a diario sin oponer rebeliones eficaces. A riesgo de erigirme en un fundamentalista de las escaleras, afirmo que el ascensor es quizás el más potente coadyuvante de la estupidización.


Aun antes de ser devorados, masticados y espectorados, nos enfrentamos con el primer elemento siniestro: el botón. No importa si es uno o dos, o la forma geométrica que acuse: lo apretaremos vehementemente, una, dos, demasiadas veces, degradándonos un poco más en cada una. Tampico importa si indica hacia arriba cuando nosotros nos dirigimos hacia abajo: de todas maneras apretaremos ambos, nos subiremos, y ¡que se jodan todos por cabrones!

“¿Entramos?”, preguntará invariablemente alguien, con la implícita maldad de presuponerse ya dentro del grupo que apenas respira. En la mayoría de las ocasiones la respuesta debería ser una cortés negativa, pero quedan pocos héroes, mas no pocos bienhechores de cartón pintado, que pasando por alto la pérdida total de dignidad que supondrá la incorporación de un nuevo cuerpo a la masa doliente, dice “sí, claro, pase”, e inclusive es probable que estire su brazo -quizás malogrando algún ojo en el camino- para evitar que las fauces metálicas se cierren, y así  su magnanimidad se abra de par en par.

Es ineludible: ya sea en el edificio donde vivimos, en la oficina o en una dependencia estatal; siempre que haya deseos gregarios de acceder a alturas considerables, se producirá el nefasto este nefasto fenómeno. Una tortuosa mezcla de misantropía y claustrofobia me embarga desde el momento en que comienzo a percibir la incomodidad del otro respecto del silencio. A veces se trata de una respiración fuerte, otras al aclararse la garganta, pero siempre se perciben las señales de lo inminente.
Puede comenzar por una  búsqueda de una ratificación meteorológica (¡qué frío-calor-humedad-pesado-ventoso, no?”) o de calendario (siempre relativa al fin de semana: el impiadoso lunes; martes y miércoles de una semana que “no se termina más”; los jueves que sólo valen porque al otro día serán viernes que a su vez…)

El problema más angustiante se suscita cuando me encuentro con esas personas que están a medio paso entre ser extraños y conocidos, con quienes tengo una difusa sensación de haber intercambiado alguna palabra, pero la duda y, en especial, la rapaportiana proximidad física parece empujar siempre a alguien a romper un hielo, como destruyendo una preciosa escultura helada.

¿Pero qué nos queda para aquellos que nos resistimos a esta imposición, a los que no queremos transigir en la vileza impostar interés por el otro?

Bien, habrá que soportar estoicamente el sofocón de la incomodidad (recién arrancó, ¡qué desgracia!, vamos al mismo piso), y mirar, un poquito, de soslayo, al otro, que una de esas nos mira mirar y hace que se mira al espejo, y tragamos aire (faltan diez pisos), y al piso miramos, y a la puerta, y a los números morosos cambiar (dale, dale, dale), y rogamos que no pare, que no se le ocurra a ningún mal nacido querer colaborar en este viaje (ya falta uno, pero se para, y el corazón se me hace papilla ventricular, y las puertas se abren… y nadie, nada, se cierran), y ya está, pasá, pasá, no por favor, pasá, bueno, paso yo, dale, pasá…

Pero bueno, quizás, merced de la tecnocracia en la que pervivimos, quién te dice, tal vez vos ahora me estás leyendo en la pantallita de tu smartphone, con resignado interés por mis palabras, pero con la modesta alegría de que te han salvado el día, mientras la caja sube o baja.

14 de febrero de 2010

Hasta que Ana

El domingo, sentencia; el lunes, muerte. Martes, duelo; miércoles, furia; jueves, esperanza. El viernes es útero; el sábado, Ana.

7 de febrero de 2010

Letanía ombliguista

Quiero un ombligo con pelusa, y a tu ombligo y a tu pelusa;
quiero la mañana de tu boca fragante de encierro
y en la noche todo tu día sudado en lo velado de tu pellejo.

Admito: sospecho de las sonrisas instantáneas, retráctiles;
advierto: no nos convirtamos en reidores profesionales, ni aturdamos silencios;
propongo: hagamos cualquier cosa menos comercio de lástimas.

Perdamos el tiempo, el colectivo, el hilo, los zapatos, el sentido;
perdamos la fe, los aniversarios, tu vestido, todo en el casino;
perdámoslo todo sin sentir que de algo nos hayamos perdido.

No nos ensayemos dentro casas de muñecas hipotecadas;
no te apresures a escoger tu lado de la cama;
sólo procuremos un lugar adonde siempre querer regresar.

Olvidemos las convenciones del amor sin arrugas,
los te amos que por inercia, inertes, caen con fuerza y gravedad.
Hagámoslo tácito, con la luz apagada y los ojos abiertos.